Cuando la mayoría de nosotros oímos la palabra disciplina, nos encogemos. No es porque no queramos tener éxito, o que no queremos llegar a un objetivo, el problema radica en nuestra asociación con la palabra: el apego emocional a cómo estábamos castigados en la infancia por mal comportamiento o «falta de disciplina».

En el entrenamiento de nuevos emprendedores/empresarios, encuentro una creencia pegajosa y una fuerte resistencia a la creación de un nuevo patrón de disciplina.

El ser humano tiene más miedo de lo que cree que va a perder de lo que realmente puede llegar a perder. El dolor de dejar ir una identidad actual es mayor que el dolor de no vivir con autenticidad… o al menos eso creo.

Cuando consideramos la idea de que la vida es nuestro mayor don, debemos estar abiertos a cambiar nuestra persona de acuerdo a los cambios que enfrentamos a lo largo del camino. Hay que encontrar el valor para afrontar nuestros miedos más profundos y aprovechar nuestra pasión para convertirnos en el ejemplo viviente de la grandeza en todo lo que hacemos. Sin disciplina, esto no se lograría y así, nos sentiríamos insatisfechos, aburridos y agotados con la mediocridad y la monotonía en la vida.

Si eliges creer que estás condenado al fracaso, a tomar decisiones equivocadas y a tener mala suerte en comparación con los demás, estás condenado al castigo. Tu éxito será influenciado por el miedo a fracasar de nuevo y tus acciones se atrofiarán por temor al juicio de ser condenado. Además, tus pensamientos, hábitos y automatismos terminarán castigándote por todo lo que ha salido mal en el pasado.

La determinación es la facultad para tomar riesgos, inspirados a tomar medidas inmediatas de aprendizaje, y si eres lo suficientemente valiente y disciplinado terminarás quedándote sólo cuando las multitudes no tienen el valor de saltar a dar el paso decisivo. Tu vida segregará confianza, tus esfuerzos serán grandes contribuciones al mundo y tu capacidad de pensar con claridad proporcionará combustible a tu excelente ética de trabajo.

Quizás te sientas identificado cuando hablamos de ser víctimas del exagerado perfeccionismo en el pasado. Te avergüenzas de lo que no ha salido «perfecto», te sientes culpable y te arrepientes de haber arriesgado o haber tomado las decisiones que tomaste, convirtiéndose tus acciones presentes en acciones de «autocastigo». Te conviertes en el maestro del fracaso o «auto-odio», cuando te podrías haber convertido en un maestro en la grandeza.

Darnos cuenta de esto, nos lleva a la toma de posesión en la vida, a saber ver las cosas desde varias perspectivas, donde podemos buscar la excelencia en nuestros esfuerzos, en lugar de en nuestros resultados, y podemos buscar un refugio en la mente para ver las cosas con más claridad y convertirnos en discípulos de nuestro potencial.
Para llegar a ser un discípulo de nuestro mejor yo, debemos desarrollar una honestidad y una integridad brutales para hacer frente a los errores que hemos cometido y para ser conscientes de cómo estamos permitiendo que esos fracasos nos guíen en todos nuestros movimientos en el presente. Para tener éxito realmente, tenemos que encontrar la luz de la verdad en nuestra visión distorsionada de la realidad.

A la escuela no se va a aprender a fallar, ¿verdad? Debemos aprender por nuestra cuenta a estudiar el camino del logro y no de fracaso, viviendo cada momento independiente al anterior.

Deja que tu vida ejemplifique el arte de la grandeza como resultado de tu disciplina llegando a la mejor versión de ti mismo.

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